Esta laguna se hallaba casi al lado de nuestro campamento y es un típico ejemplo del trabajo que los castores hacen por aquí. Los árboles caídos (por los castores) son usados para construir la presa que se adivina al borde derecho. La cumbre de Marcelina Mountain al fondo.
Es una pasado como curran éstos bichos!
Relax en el campamento
Buenos y mojados días!
Andando hacia las canales de Marcelina
Para arriba!
En este tramo seguimos las huellas de un oso que había abierto traza para nosotros el día anterior.
En la cresta final se complicó un poco el tiempo.
Desde la cumbre de Marcelina.
De bajada volvió a salir el sol y aprovechamos para saborear un buen chocolate.
Hasta pronto!
Quién sabe, quizás fuera un pastor español en exilio, que febrilmente añorado de su amada decidió bautizar con su nombre, Marcelina, a ésta estética cumbre que exuberante autoridad domina ésta salvaje zona montañosa de las Ragged Mountains de Colorado. Este pasado fin de semana, Karen y yo hicimos campo base en su falda, al final de una larga y bonita pista forestal que se adentra en el macizo, entre uno de los bosques deciduos de "aspen" mas extensos del mundo. Esa noche nos sorprendió una tormenta primaveral de aguanieve y nos levantamos con la tienda medio colapsada por el peso de la nieve. Aún así, decidimos ir a por el pico y no fue un mal día, de vez en cuando entraba un marrón y nos nevaba pero cuando se abrían claros y alacanzabamos a ver el verdor que se extendía a nuestros pies todo valió la pena. Aquí tenéis unas fotos que plasman los cambios de humor de un día plenamente primaveral en las montañas.
La primavera alpina se halla en plena eclosión y su efecto vivificante me ha puesto en plena fase hiperactiva. Ayer, mientras Karen practicaba con su banda,yo me agarré los bártulos y con el viejo Nissan me fui a pasar la noche a uno de los idílicos valles de la zona y aproveché para sacar unas fotos con la intención de publicarlas en algunos de los medios locales. Aquí tenéis unas pocas:
No sé porqué, esta planta, aquí llamada skunk cabbage "col apestosa" me encanta cuando se halla en su fase juvenil. Normalmente habita en zonas húmedas y lo hace en colonias a veces enormes, como podéis ver en esta foto.
Ayer hizo un atardecer fenomenal... cuando primero llegué a esta poza, estaba ocupada por un montón de patos salvajes que huyeron ruidosamente al verme. La foto la saqué a f22 y una 1/10s para obtener un efecto ligeramente difuminado de las nubes en movimiento. El pico de la derecha es la cara norte de la estación de esquí.
Mientras hacía preparativos para pasar la noche saqué ésta foto de larga exposición a 16 minutos y f5, para "grabar" mis movimientos alrededor del vehiculo y también el de las estrellas.
Parece mentira la poca nieve que tenemos para ésta época del año. Normalmente el jardín de casa todavía se halla bajo nieve y éste año ya estoy cortando el césped. Pero no nos quejaremos. Aprovechando éste extraño y prematuro verano hoy Karen y yo hemos salido con los amigos Kris y Bobby a hacer a pie el primer picacho a pie de la temporada. Nuestro objetivo ha sido Zacchary Mountain, un bonito sub-pico de 3700m en el macizo de WhiteRock, que posee magníficas vistas de las montañas circundantes. En la excursión hemos visto contrastes de verde y nieve, las primeras hojas en los abedules y las primeras señales de la presencia de las manadas de elk en la zona. En fin, un día perfecto de primavera en la montaña.
Dos días atrás hice una sesión fotográfica en la zona de Gunnison conocida como "Hartman's Rocks" con el duo dinámico de Brian y Jenny Smith y estas son algunas de las imágenes que salieron. Es una de mis zonas favoritas de todo el planeta para hacer mtb. La extensa red de senderos (buena parte de ellos diseñados por Dave Wiens) que navegan está semi-árida altiplanicie son de lo mas ridículamente divertido que hay. Tramos técnicos sobre placas graníticas se suceden en perfecta harmonía con senderos finos y sedosos como las plumas de un colibrí recién nacido. Enebros retorcidos, monolitos de piedra y páramos desolados con el telón de fondo de la cordillera de las Elk Mountains conforman un paisaje dramático en plan Oeste profundo. En fin, dejo que las fotos hablen por si solas:
Las dos fotos que aquí tenéis no son nada del otro mundo (aunque no me desagradan), pero tras su inocua apariencia se esconde una historia. Dos días atrás, mientras efectuaba en solitario un bucle corriendo a pie en una zona no lejana al pueblo en la que la nieve ya se había derretido me llevé una buena sorpresa. Justo alcanzaba el punto alto del recorrido y me disponía a iniciar el descenso por el serpentino sendero, que en ese tramo discurre por un bonito bosque mixto, que un cataclismo de ramas rotas y arbustos aplastados como el que haría una excavadora fuera de control, me dio un susto de miedo. Inmediatamente supe que la probabilidad era alta de que el causante de tal estropicio fuese un plántigrado acabado de despertar de su siesta invernal. Los ciervos se mueven con más delicadeza y los pumas son fantasmas incorpóreos. Picado por la curiosidad y porqué la anticipación de un encuentro con un oso siempre me excita, me dirigí con cuidado hacía el lugar de dónde creía que el ruido se había originado. Pero nada de nada, todo había vuelto a la tranquilidad... hasta que, proveniente de por encima de cabeza alcanzé a oír un gruñido y un rascar de zarpas sobre madera. Levanté la cabeza y allí arriba, subido 5 metros en el tronco de un viejo abeto estaba un oso enorme como un refrigerador tamaño familiar, despatarrado y vulnerable mientras abrazaba el árbol con toda su ingente fuerza. Me echó una mirada bestial y un tanto incómoda y en aquél momento decidí salir piernas para que os quiero. En parte porqué no quería humillarle mas, en parte porqué si se caía, no podía imaginar lo que haría un bicho así de grande, herido y con su amor propio hecho añicos. Así que le dejé en paz.
Claro que mas tarde, y por mas que intenté no comerme el coco, mi persona fotográfica no paraba de pensar en la oportunidad perdida de sacarle foto a un oso que hacía cuatro como yo, abierto de piernas en lo alto de un abeto. Aunque sabia que esa oportunidad no podría repetirse así como así, al día siguiente salí, cámara encima, a hacer una excursión por los mismos andurriales. Hacía una tarde de perros, se había puesto a nevar con unos copos grandes como codornices y hacía frío, y por supuesto ni rastro de ningún bicho, pero disfruté del silencio y la belleza del bosque bajo el inclemente temporal de primavera. Lo siento no tengo fotos de osos que enseñaros, solo estas fotos del majestuoso entorno en el que viven.
Pocas primaveras pasan sin que Karen y yo nos vayamos a pasar unas "vacas", por cortas que estas sean, al desierto. "Desierto" es una denominación demasiado genérica e imprecisa para definir este curtido pedazo de la corteza terrestre en el que mesetas, macizos montañosos, cañones y áridas llanuras componen una de las mas dramáticas coreografías del planeta. Nuestras visitas periódicas a este mundo es uno de los rituales más queridos en nuestras vidas y siempre intentamos aprovecharlo procurando visitar rincones para nosotros todavía desconocidos. A veces buscamos zonas "ciclables", como lo son Moab, Fruita, Sedona y muchas más, pero con mas frecuencia preferimos hacerlo a pata porqué en realidad es la única manera de adentrarnos a las profundidades mas remotas y dejar bien atrás los tentáculos de la civilización.
Ésta vez nos decidimos a visitar la zona del Dark Canyon de Utah, un cañón que se origina en la vertiente oeste de las Abajo Mountains (al sur de Moab) y que se extiende y ramifica, cual venas de un ser milenario, hasta desembocar en las aguas del rio Colorado allá por la zona baja del mítico Cataract Canyon, cerca de Lake Powell. Durante cinco noches y seis días seguimos el curso de este serpenteante cañòn, pasando noche en tres campamentos diferentes para poder explorar algunas de sus ramas y como no, también tener tiempo para hacer relax. El Dark Canyon nos hechizó por muchas razones, pero principalmente por la constante presencia de agua, por sus idílicos "oasis" de cottonwood (álamo americano) y la variedad de sus retorcidos paisajes. Literalmente a cada vuelta del cañón nos encontrábamos con pozas perfectas en las que zambullirnos y la combinación y contrastes de infinitas formas y estratos geológicos con el incipiente verde de la vegetación primaveral y el agua era un constante éxtasis sensorial.
Una tarde, mientras buscábamos sitio dónde acampar en un recodo del rio flanqueado por impresionantes paredones, Karen encontró una serie de petroglifos cincelados en una placa de roca pulida a unos 6 metros, justo por encima de la línea de riadas del cauce. Los símbolos, habían un par de animales, unos triángulos y un par de formas humanoides, podían haber pasado perfectamente desapercibidos, pero este encuentro desencadenó una vez más esa sensación de misterio y a la vez de curiosidad acerca de las civilizaciones perdidas que durante milenios habían vivido aquí y que te transportan a tiempos inmemoriables.
Al cuarto día, el tiempo, hasta entonces cálido y apacible hizo un cambio brusco y nos sorprendió con una tanda de vientos potentísimos y un bajón de temperatura considerable. Las peores ventadas nos sorprendieron mientras estábamos de excursión en unos de los cañones laterales y su virulencia fue tal, que teníamos que buscar refugio en los salientes de roca para evitar el ser acribillados por las piedras que el viento desprendía de las partes superiores del cañón. Cuando llegamos al campamento, no nos sorprendió en absoluto comprobar que nuestra tienda, junto con sacos de dormir y todo, había sido arrancada de sus anclajes y nos la encontramos (por suerte) a unos 100m enganchada en unos arbustos. No sufrió grandes desperfectos, pero esa noche el viento continuó y los dos pasamos la noche del loro preocupados por la posible caída de piedras.
Ahora estamos de nuevo en Crested Butte, hay un palmo de nieve en el balcón, hace frío y está nevando... pero no importa, nuestras memorias de prístinas pozas de agua, y el verde de los álamos contra la roca de los cañones son todavía frescas.
Aprovechando las condiciones "ultra-primaverales" que desde hace semanas han puesto ancla por estos lares, estos últimos días salí en solitario a hacer una travesía que llevaba tiempo maquinando. Siempre me ha gustado explorar zonas para mí desconocidas en los mapas de la zona y esta vez me incliné por cruzar en tres días el West Elk Wilderness, un vasto territorio que se extiende entre el embalse de Blue Mesa, al suroeste de Crested Butte, y las montañas cercanas al mismo pueblo. Se trata de una zona poco frecuentada, en parte porqué carece de "cuatromiles" y porqué su topografía es altamente compleja e inaccesible. La abundante caza mayor es uno de sus atractivos principales, pero la temporada está restringida a los meses otoñales.
Ha sido una travesía a lo "bruto". Cubrí mucho terreno (aprox 100km) sin sendero alguno y con los esquís (y material de acampada) a la espalda. El primer día anduve unas 6 horas por las desnudas ondulaciones pre-montanas antes de encontrar suficiente nieve (aunque muy podrida) para calzarme los esquís. Fue en esa zona que me topé con la mayor manada de "elk" (colosal cérvido) que jamás haya visto en mi vida. Despúes de escanear la foto que acompaña el reportaje alcanzé a contar 282 cabezas. Una barbaridad. Ahora en ésta época del año estás magníficas bestias se hallan en constante movimiento, adentrandose hacía las montañas a medida que se funde la nieve. En ese primer día también encontré huellas frescas de oso en la nieve, algo que siempre me pone los pelos de punta aunque ya se que normalmente te dejan tranquilo.
Después de pasar una noche acampado de mala manera al filo del cañón del West Elk Creek, al día siguiente me adentré en terreno mas montan o y con condiciones de nieve mas francas. La ruta me llevó merodeando entre cimas redondeadas y enormes circos, saltando varios collados para rodear las cabeceras de profundos valles. Después de muchas horas alcancé la cumbre de Storm Pass, un collado emblemático en la zona (a 3800m) por las vistas que desde allí se alcanzan a ver de los Castles, unas bellísimas torres volcánicas erosionadas en atrevidas formas. Desde allí descendí hacia la garganta de Castle Creek, dónde pude meter unos virajes decentes antes de tener que salirme del cañón en busca del camino que evita su tramo mas profundo. De nuevo la nieve podrida no permitió avanzar mucho y tuve que buscar un rincón en el que pasar la noche.
Apenas si heló esa noche, con lo que las condiciones de la nieve no mejoraron mucho y el camino hasta Ohio Creek se me hizo larguísimo, por no mencionar las mil veces que tuve que sacar y poner los esquís para vadear los cada vez mas abundantes tramos sin nieve. Una vez en Ohio Creek ya me conocía el camino a casa: subes 700m de desnivel hasta Ohio Pass y de allí el larguísimo (10km) valle de Kebler Pass hasta casa siguiendo las trazas podridas de motos de nieve.
¿Estoy loco?... pues si que debo de estarlo.
Inicio de travesia en Blue Mesa, una fina capa de hielo todavía cubre la superficie del embalse